Comienzo del capítulo 4º

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 LA VIDA COTIDIANA

Durante los años que siguieron, cuando había de recorrer el camino que lleva a las personas a formar parte del mundo de los adultos, veteranos al fin de mil batallas, y no sólo en lo que se refiere a las omnipresentes contiendas que de continuo tenían lugar en la frontera, me instruí con aplicación y provecho en el oficio de los herreros, como con anterioridad lo había hecho en el de los canteros.

Fueron aquellos años de adelantos en lo que se refiere a las aplicaciones del metal que llamamos hierro, pues junto a técnicas recién descubiertas nos llegaron instrumentos de nuevo cuño que mucho habían de facilitarnos las labores que para nuestro sustento se precisaban, y de los cuales no fue el menor, sino acaso uno de los más importantes, el pesado arado de ruedas de hierro que se utilizaba con eficacia para roturar los que decían duros y compactos suelos de los lejanos países del norte. Aquel instrumento, el arado, era pieza fundamental en el trabajo de las huertas y los campos, como yo sabía y había comprobado cuando había visto manejarlo a los hombres, puesto que las mujeres a duras penas podían con él, y el que un día, transportado por unos trajinantes, llegó en un carro como una atracción de feria, despertó enorme curiosidad entre quienes se dedicaban a las labores agrícolas, pues araba mucho más profundamente que el que allí se usaba y liberaba del duro trabajo de dirigir la reja al que lo manejaba, aunque para arrastrarle, en razón de su mayor peso y tamaño, se precisara una pareja de bueyes. Sus ventajas eran tan evidentes que desde el principio se habló entre las personas que se dedicaban a tales menesteres de adquirir una máquina como aquella, pero puesto que resultaba muy costosa para los pobres haberes de quienes habitaban en la ciudad, el herrero se ofreció a intentar fabricar una réplica que cumpliera su función, lo que nos costó largo tiempo y no pocos trabajos. Sin embargo, una vez construida, se probó con éxito en los cenagosos campos que a la vera del río se dedicaban al cultivo de trigos y centenos, y de allí, promocionados por el abad y algunos miembros de la Orden, que deseaban contar con semejante artefacto para emplearlos en los campos de sus posesiones, hubimos de fabricar otros varios, lo que nos tuvo entretenidos durante una temporada.

Otra de las novedades de los tiempos que describo, y esta de mayor importancia, consistió en la llegada a nuestras tierras de los procedimientos que permitían fundir el hierro en cantidades importantes, pues fue durante aquellos entonces, poco menos que coincidiendo con la época de mi aprendizaje, cuando por impulso e inspiración de mi padre adoptivo comenzamos a utilizar las nuevas técnicas que tenían que ver con el uso de moldes para la elaboración de piezas que hasta entonces habían sido acuñadas con la fuerza de los siempre rudos golpes de martillo. Él había recibido noticias desde los lejanos países del gélido norte, en donde tales conocimientos estaban más adelantados, y las puso en práctica de manera inmediata.

Debería hablar, por tanto, de la instalación del nuevo taller que se asentó junto al río, pues para mover el gigantesco fuelle de la forja no bastaban los animales sino que era necesaria las fuerza de las aguas, […]

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Primeros párrafos del capítulo tercero

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 LA FRONTERA

Yo fui acogido por un herrero que había venido de las comarcas del norte, tierra de leoneses y otros seres de leyenda sobre los que Ermentrude me había dado noticias, y al que ya conocía porque había sido amigo de mi padre y habitaba en una casa vecina a la nuestra, y mi hermano encontró acomodo dentro de las paredes del alcázar, pues uno de los caballeros que entre ellas vivían le tomó a su servicio.

El herrero, que tenía una amplia familia que aumentaba todos los años, niños y niñas menores que yo que en seguida me adoptaron como hermano mayor y con los que hice inmejorables migas, no me llamaba niño o doncel sino menino, que quiere decir niño en el idioma de su tierra, porque aquel hombre, a quien Dios acogió hace largo tiempo en su seno, era oriundo, como dije, de los reinos que existen a poniente de la tierra fronteriza que habitábamos, el lugar de los antiguos suevos de los que hablan las crónicas que mucho después tuve oportunidad de ver en una de las capitales de nuestro reino, la gran ciudad de Toledo. El término sobredicho, menino, tenía además y en aquellos entonces un gran significado para mí, pues mi padre adoptivo, un día y con enorme sigilo me explicó que era un título importante y poco menos que inmediatamente anterior al de caballero…, bienintencionada patraña que fue muy de mi agrado, pues en mis fantasías ya me veía vistiendo la túnica blanca de tan importantes personajes.

Él herrero que me adoptó se llamaba Rubén y me enseñó mi segundo oficio, que era el suyo, oficio importante, puesto que de él dependen buena parte de las actividades que conforman nuestra vida diaria, como son la guerra y la agricultura, y por eso, pasados los años y cuando ya me había establecido, tuve siempre buen cuidado de contar con los mejores artífices de tal disciplina, cuya importancia conocía.

En la vecindad vivía un molinero con familia muy numerosa que también había sido amigo de mi padre, pues todos ellos vivían en el mismo barrio. Se llamaba Josephus y por encomienda tenía asignado uno de los molinos que aguas arriba del río se asentaban, y aparte de tener amplia familia gustaba de visitas y entrevistas y de la gente que de vez en vez merodeaba por nuestros contornos, habiendo siempre en su boca palabras de consuelo para desfavorecidos caminantes sin rumbo y los escasos orates que por aquellos apartados pagos transitaban de norte a sur, tierras difíciles para los de su profesión, pues los musulmanes no son particularmente adictos a quienes predican doctrinas diferentes a la suya. Josephus, no obstante, había sido un campeón de la conquista y su brazo era de hierro, por más que su temperamento fuera dulce y delicado como flor de harina, ¡quién lo diría!, y sus manifestaciones, afables y amistosas hasta el extremo. El molinero, por si lo anterior no le definiera con suficiencia, tenía un libro en su casa, un libro de cubiertas duras y hojas aún más duras, pues se resistían a dejarse pasar, que hizo mis delicias, pues desde mis tiempos con Ermentrude apreciaba aquellos objetos, pero como él no sabía leer, ni ninguno de los que su casa albergaba, era yo quien de vez en cuando, cuando me llamaban, me acercaba hasta su puerta y, bajo la atenta mirada de cuantos nos rodeaban, leía en voz alta pasajes de las leyendas que narraba el durísimo tomo. Aquel libro era un voluminoso ejemplar del libro por antonomasia, es decir, la Biblia, y en él, escogiendo páginas al azar, me tropecé con algunas de las cuestiones que con el tiempo habían de ser iluminación de mi vida entera, como aquel vanidad de vanidades, todo es vanidad…, que tanto había de cantar, por más que yo entonces no lo entendiera y lo recitara como uno de esos necios pájaros de brillantes colores que los ricos musulmanes de las haciendas del sur se complacen en mantener en sus casas para solaz de los serrallos. El molinero, además, comentaba lo que oía y hacía toda clase de consideraciones morales al respecto, glosas que despertaban la admiración en un auditorio rodeado de animales –pues los chones y los perros entraban y salían como Pedro por su casa–, compuesto de campesinos y soldados, amén de las ocasionales gentes de paso que visitaban nuestra ciudad.

Con anterioridad había cabalgado las mulas que en el taller de mi padre se utilizaban para mover los enormes bloques de piedra con los que se trabajaba, por lo que tal asunto no me resultó nuevo por completo, y también los asnos que sobre enormes seras transportaban el grano de la era a los almacenes y las espuertas llenas de olivas que se traían del campo, pero los caballos eran animales muy caros y apreciados, y sus dueños, en especial los soldados, tenían buen cuidado de mantenerlos siempre a buen recaudo y lejos de las codiciosas miradas con que se los contemplaba. El herrero, sin embargo, tenía varios magníficos ejemplares,

[…]

Prólogo

En este libro no hay prólogo. Lo que hay es una advertencia que viene a cuento, si bien se piensa. Es esta:

AVISO

Si esta crónica fuese auténtica, no hubiera sido escrita en castellano actual, el propio de los siglos que siguen al XVIII, sino en un intrincado y oscuro lenguaje –romance descendiente del latín y entreverado con abundantes términos del árabe, del bereber y del visigótico– que no reconoceríamos.

Puesto que en aquellos entonces (los siglos XII y XIII) no se escribía de semejante manera, y los escasísimos documentos que nos han llegado se distinguen por el laconismo, la sequedad descriptiva y la nula deferencia con la lírica, es preciso decir que el tono general de la narración, impropio de la época que dibuja, es una pura fantasía que únicamente pretende dar colorido a un relato que será leído muy lejos de sus circunstancias. Hay que considerar las presentes páginas, por tanto, como una en demasía libre y harto retórica traducción adaptada a nuestro tiempo.


Quien tenga oídos para oír, que oiga, y quien quiera entender, que entienda.