Alaroza y el largo invierno

El sexto capítulo de la naración, que se llama como el título de esta entrada, cuenta cómo fue que el protagonista tuvo su primera novia, una musulmana muy guapa, por cierto, y aunque fue un efímero noviazgo, fue el primero, con lo importante que suele ser eso…

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Alaroza es nombre propio de los musulmanes que habitan al sur de nuestra región, y ella fue mi primera mujer. Alaroza vivía en el arrabal de la ciudad más próximo a la recogida de aguas del río, tiendas moras, efímeras chozas de gentes que iban y venían…, y era mayor que yo y me miraba como a alguien muy lejano. Cuando me echaba sobre ella, entre los juncos, me abrazaba con las piernas y no me dejaba levantarme, pero yo era muy joven y, amén de no entender, sólo podía dejarme ir hasta el final. Luego ella se levantaba riendo y se escabullía entre la marisma. Yo intentaba seguirla, pero como me sentía saciado me cansaba en seguida y me contentaba con tumbarme boca arriba, de nuevo entre los juncales, y soñar contemplando el cielo azul y las nubes blancas.

Yo conocí a Alaroza en la margen del río cuando fui a bañarme una tarde de un temprano otoño. Ella, una forastera en aquel mundo en que todos sabíamos quiénes éramos, estaba sentada en la ribera contemplando las fangosas aguas mientras se abrazaba las rodillas, y cuando me vio me siguió con una insistente mirada que me turbó. Yo no me atreví a salir del agua pues estaba desnudo, y nuestra madre naturaleza, que lo es de todos, me dotó de hartas ventajas, y como ella no cesaba en sus miradas, yo me irrité y nadé alejándome del lugar que ocupaba hasta llegar a la orilla opuesta. Desde allí, a cubierto de los juncos, le lancé con rabia una piedra que impactó en sus proximidades, y luego otra que cayó en el agua y la salpicó, y entonces ella se rió, se levantó y se fue corriendo.

La presencia de Alaroza me asustó, pues era la primera vez que una muchacha guapa se fijaba en mí, y aquella no era una condición que abundara en la ciudad, en la que todos nos conocíamos y las escasas novedades sólo se producían de muy tarde en tarde, pero luego me sentí atraído por una misteriosa fuerza, y durante los días siguientes, escondiéndome de quien pudiera verme, me acerqué de nuevo adonde la vi por primera vez. Al principio no la encontré, a pesar de que pasé buenas horas espiando el lugar, pero luego, un atardecer en que al salir del trabajo bajaba hasta el río, me la tropecé en la cuesta larga y siempre solitaria que desde la ciudad desciende hasta la ribera.

Ella estaba sentada en un poyo que había al borde del camino, y yo, con el susto en el cuerpo, no me atreví a detenerme sino que continué por la cuesta abajo sin osar levantar la vista del suelo. Llegué hasta la margen del río, y sin saber qué hacer, confuso hasta el extremo me introduje entre los árboles y me senté mirando a las aguas, en donde, con el sobresalto que el inesperado encuentro me había causado, no pude sino rumiar mi apurada situación. Luego, sintiéndome más seguro, pues la vegetación me ocultaba, avizoré a mis espaldas y observé que ella seguía allí donde la había visto. Algunas carretas transitaban por el lejano camino que llevaba a la ciudad, y junto al río había animales que pastaban en las orillas, pero por las cercanías no había nadie, y el día, quizá como paralelo a mi melancólico ánimo, se presentaba sumamente plomizo…

Entonces comenzó a llover, y como no sabía qué hacer, pero de allí no quería irme, busqué refugio en uno de los chiribitiles que en la vega se utilizaban para guardar las herramientas, no más que chozas construidas con ramas y ladrillos que continuamente había que reparar. Llegué corriendo bajo el incipiente chaparrón hasta el más próximo, y por un ventanuco que había en la grosera pared de barro estuve observando cómo la mansa llovizna poco a poco encharcaba los campos incultos…

En semejante actitud me encontraba cuando arreció la lluvia, y entonces, de improviso, se sintieron unos pasos apresurados en el exterior, y ella, lo que me produjo la mayor de las sorpresas, entró en el estrecho aposento. Yo me aparté asustado, pero aquella chica, que vista de cerca me pareció aún más guapa que antes y había removido algún oculto resorte que habitaba en mi interior, no hizo ademán de acercarse, sino que se quedó junto a la abertura que hacía las veces de puerta. Transcurrió un tiempo, y cuando en el mayor de los silencios estábamos allí contemplándonos, pues las palabras no acudían a mi boca y mi confusión iba en aumento, ella, de la más extraña manera y con un apagado acento, de repente dijo,

–Son los ojos puerta abierta del alma… –y tras una pausa continuó–, que dejan ver sus interioridades, revelan su intimidad y delatan sus secretos.

Yo no supe qué replicar ante tan extraordinarias palabras, pues mis paisanos no se distinguían por la afición a las letras, e incluso algunos abominaban públicamente y de irritada forma de cualquier clase de retórica o expresión versificada, a las que calificaban propias de moros o afeminados.

–¿Quién dijo eso? –pregunté al fin con algo más que un hilo de voz, pues mi estupor iba en aumento, y ella tardó en responder.

–Ibn Hazm de Córdoba. Durante toda su vida fue desgraciado por el amor a las ciencias, que él cultivó…

La lluvia seguía cayendo sobre aquel lugar que de pronto había cobrado nueva luz, y como yo no podía apartar la vista de su cara, que se me antojaba maravillosa, y ella hacía lo propio, en su actitud inmóvil, pues sólo parecía mover los labios, recitó lo que sigue.

[…]

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Ejemplo del texto de Dios conmigo

Hoy tocaría colocar aquí el principio del capítulo sexto, el que se llama Alaroza y el largo invierno, que es una parte muy bonita pues describe la historia de amor que el protagonista mantiene con una chica que, una tarde, encontró junto al río…, pero voy a dar un salto y dejar este episodio para la próxima ocasión. En vez de ello pongo un trozo del libro que se sitúa cerca del final, cuando ya es mayor…


 

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Los años habían pasado, y de la noche a la mañana caí en la cuenta de que, casi sin advertirlo, había sobrepasado la cincuentena, e incluso alguno más cargaba sobre mis espaldas, y aunque nunca imaginé alcanzar edad tan avanzada, se ve que Dios me había tenido en cuenta en sus dictámenes y aún disponía de mí para algunas labores, pues fue entonces cuando hice mis últimas excursiones al mundo.

En el taller tenía a un tal Pere, venido de tierras aragonesas, que junto a las habilidades literarias, pues no era parco en insospechados decires, unía las escultóricas. Era un hombretón contrahecho que no llegaría a la treintena y mucho nos hizo disfrutar con su compañía, pues además de serio y honrado trabajador de la piedra, lo que yo apreciaba sobre todas las cosas, dio ingeniosa forma a ciertos escritos que Leonor había redactado en el curso de sus estudios y, habida cuenta de sus cualidades, le presentó pidiéndole opinión. Era, quizás, un ángel caído del cielo sobre el tejado de nuestro caserón, un inusual ángel enmascarado que tenía puestas las miras fuera de los hábitos cotidianos, pues, entre otras peregrinas sentencias, consideraba que sus deformidades le imposibilitaban para conseguir mujer, asunto al que se refería con chanzas, y como no atendió a mis razones cuando le dije que intentara buscar pareja entre las criadas de nuestra casa, pues seguramente alguna estaría gustosa en recibirle, una tarde me condujo a una venta escondida, un lugar oculto en un arrabal junto al río y en el que, por lo visto, se podían conseguir mujeres.

–¿Moras?

Pere me miró suspenso.

–¿Cómo moras?

–Moras de la morería –y él se rió.

–Por supuesto; y judías.

–¿Judías…?

–Sí, y cristianas.

Pere y yo llegamos a la venta y dije,

–No tengo una sola moneda.

–Poco importa, que lo que aquí trae a Su Excelencia no es de este mundo. Abra los ojos y espéreme junto a esta jarra de vino.

El vino estaba terriblemente agrio, de acuerdo con la costumbre, y como no me agradaba pedí al posadero una taza de caldo. Unos parroquianos, que con las manos comían tortas manchadas de salsa, me miraron sorprendidos, aunque continuaron con su tarea. Yo me arrimé a una mesa, me senté en un banco quejumbroso y me bebí el turbio líquido lentamente, intentando desentrañar la razón de mi estancia en aquel lugar, y como Pere, fuera lo que fuese que estaba haciendo, no aparecía, me distraje viendo a las cucarachas correr por encima de la mesa.

Semejante excursión por el mundo no finalizó la tarde que digo, pues mi compañero, satisfecho tras la fechoría y con los ojos inusualmente brillantes, insistió en prolongar el envite en otros establecimientos de tan malquista parte de la ciudad. Acudimos a un mesón vecino, un sótano lleno de arrieros en el que el ambiente era ruidoso y el humo de las teas entorpecía la vista y el resuello. Todos nos observaron con prevención y se apartaron para dejarnos pasar, pues nuestro aspecto aconsejaba no interponerse, y una vez asentados en un rincón, rodeados por los gritos de los presentes y las desacordes eufonías de una música de rabeles y panderetas que no merecía tal nombre, nos interesamos cerca del mesonero por el mejor vino másico que tuviera en su bodega. No era fácil acertar en aquellos sitios, pero una vez acordado el negocio dije,

–Aquí pago yo, maestro Pedro, y me sentiré muy honrado si acepta fiarme parte de sus haberes, que le devolveré íntegros, e incluso aumentados, el día que retornemos a nuestra casa –pero él no se avino a tamaño desafuero, según señaló, sino que antes bien dijo que lo suyo era mío, y que una vez cumplida la parte más importante del trámite, que habíamos llevado a cabo con anterioridad, lo demás no importaba mucho.

Los vapores del vino cumplieron en seguida su función, y sintiéndome libre y forastero en aquel establecimiento que jamás hubiera encontrado por mis propios medios, influido sin duda por cuanto me rodeaba comencé a divagar sobre lo primero que a mi cabeza llegó.

–Una vez entré en un palacio que simulaba ser de cristal. En las paredes de los salones podían verse coloristas escenas que representaban pulimentados y cubiertos carros cuyas ruedas eran de rugosa nafta, y luego visité lo que parecía una cocina propia del paraíso de las huríes… Recuerdo aquel hogar que vi, cubierto por una torre de piedras que encauzaba los humos hasta el tejado, y también la estancia que lo contenía, blanca habitación revestida de brillantes paneles que podían abrirse y cerrarse y de los que nunca supe la utilidad. Allí fue donde Alaroza, extrañamente ataviada, concibió al modo antiguo una sopa de aceite, pan y ajos, y donde, entre otras maravillas, vi un gallo desplumado sobre una fuente de vidrio… Como dijo uno de los grandes hombres que nos precedieron, quizás a algún mortal le esté permitido subir a las regiones de los dioses celestes, pero ante mí sólo se abrió la muy espaciosa puerta del cielo, y durante algunos instantes pude contemplar lo que la mayor parte de las personas que nos rodean, obsérvelas usted, tienen vedado durante su existencia entera.

En sus ojos conocí que tomaba mis palabras por desvarío, y como no deseaba indisponer a mi amable anfitrión, desvié la conversación hacia cuestiones de cierta actualidad, que no faltaban, pues eran aquellos los revueltos días en que nuestro reino se unió al de León en la figura del rey Fernando, y tan debatido asunto estaba en todas las bocas.

Luego, tras haber dado cuenta de las jarras que nos sirvió el posadero, salimos tambaleantes al arroyo y contemplamos los cielos, y cuando en silencio llevábamos un rato paseando entre las oscuras casuchas que delimitaban las calles, añadí,

–Aquí tiene, aunque le cueste creerlo, al magíster pópuli a quien en su juventud llovieron del cielo candentes piedras de esa nafta que a usted se le antoja fabulosa. La hierba se calcinaba ante nosotros, y cuantos allí pugnábamos nos veíamos obligados a retroceder. También podría hablar del fuego griego que incendiaba los barcos en el mar, y del polvo negro y otras quimeras de tiempos pasados, pero prefiero referirme a asuntos presentes… ¿Ha oído usted hablar de los campaniles? Son complicados ingenios que se instalan en las torres de las iglesias de los remotos países del este, y con sus regulares sones disponen la vida ciudadana. Algún día, créame, también los tendremos aquí, y las trompas que anuncian las completas ya no serán necesarias, pues ellos, con sus bronces… Pero ahora que lo pienso –y contemplé los desiertos alrededores–, nos encontramos extramuros y no es preciso tener en cuenta esas cuestiones que sólo afectan a los hombres de bien, los hombres del burgo. ¿Quiere usted que visitemos algún otro lugar de este umbroso barrio? Me estoy divirtiendo. La tarde ha caído, pero los cielos primaverales que nos acompañan transportan en su sustancia la fuerza del céfiro, como señalaron los antiguos que sucedía con los corceles nacidos en las llanuras de la vieja península ibérica…

Así comienza el capítulo 5º

LA PESTE

La peste, la omnipresente peste, es algo que señorea de continuo tras los oteros. En nuestra ciudad nunca se sabía por dónde había llegado, pues la presencia de tantos viajeros y reses de paso imposibilitaba cualquier averiguación, pero el hecho era que periódicamente se manifestaban calamidades que afectaban a buena parte de las personas que vivían en la ciudad y los campos colindantes. Tales epidemias se producían de manera natural, pero en ocasiones eran los almohades los que las provocaban, pues como la fortaleza se surtía del cauce del Guadiana, los atacantes de Calatrava solían envenenarlo aguas arriba con la esperanza de rendir la plaza más fácilmente, y para ello arrojaban en el río carne putrefacta, cadáveres de personas y animales y otras sustancias que causaban estragos.

Uno de aquellos años, cuando la primavera estaba avanzada, tuvimos noticias de que un importante ejército venido del norte de África se disponía a llevar a cabo una gran ofensiva que abarcaba un frente de muchas leguas, desde el reino de Portugal a las recién conquistadas tierras de Cuenca que habían sido tomadas por los soldados del reino de Aragón. Tal dijeron los espías que el abad y otros señores de la frontera tenían en tierras enemigas, quienes aseguraban que el tamaño del ejército era grande, muy grande, y estaba provisto de numerosas máquinas, lo que auguraba tiempos nuevos y belicosos tras aquellos últimos años que habían sido de relativo sosiego. Por eso, nuestra ciudad, al igual que otras muchas que estaban instaladas en las siempre cambiantes lindes del reino, se preparó para lo que sin duda iba a suceder, y contingentes de soldados venidos del norte se asentaron en un campamento que en seguida se levantó en las campas que bordeaban el río.

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Los rumores iban día a día en aumento, y algunos trajinantes que pasaron por allí huyendo de la ola sarracena nos informaron de la presencia de un ejército que avanzaba con suma lentitud, pues sus numerosos carros y maquinaria les impedían hacerlo más rápidamente, y al fin, una mañana, un nutrido grupo de caballeros, que no eran sino una de las vanguardias, se presentó ante las murallas, y durante la jornada completa reconocieron los alrededores y pretendieron incendiar todo cuanto no se había acogido al resguardo de los muros, lo que no consiguieron en su totalidad porque fuerzas de nuestro bando salieron de la ciudad y les pegaron una carrera que a buen seguro les quitó las ganas de intentarlo por segunda vez. No obstante, aunque aquella primera partida se retiró, con los días tuvimos noticias de que los pobladores de la cuenca, aguas abajo, se habían envenenado y muerto en muchos casos, lo que indicaba que las aguas del río habían sido emponzoñadas.

Yo me encontré encuadrado en un cuerpo de ballesteros que acudía a los lugares más comprometidos, pues nuestra presencia era requerida allí donde la afluencia de asaltantes era mayor, y aparte de procurar disparar las saetas con el mayor tino posible, también debíamos repeler los ataques de los que a duras penas y con ayuda de escalas conseguían encaramarse en la parte más alta de la muralla, en lo que éramos ayudados por tropas que se ocultaban tras las almenas y hacían su irrupción cuando los atacantes creían que habían abierto una brecha. Allí, entre aquellos guerreros acorazados, aprendí a manejar la espada y el escudo, pues aunque Moisés había procurado enseñarme los rudimentos de tales artes, una cosa son los juegos y ensayos que pueden llevarse a cabo en un corral, y otra las cruentas peleas en las que, sin esperarlo, puedes encontrarte repentinamente envuelto. A mi lado solían estar Sancho y otros chicos, pero por nuestra corta edad nos mantenían en segunda línea y protegidos por grupos de corpulentos soldados, y tan sólo en alguna ocasión apurada tuvimos que tomar parte en una lid de verdad, por lo que salimos bien librados y muy orgullosos de nuestro papel, y no debería reseñar ninguna desgracia irreparable.

Era la guerra una ingente y agotadora labor aunque no estuvieras de cara al enemigo, pues continuamente teníamos que ayudar a los combatientes aportando todo lo que necesitaban, como era trasladar heridos, apagar incendios y ayudar en la mil y mil tareas que en tales casos se requieren, pero, amén de ello, durante el sitio que soportamos sucedieron múltiples episodios, y para que se advierta que en un escenario como el que describo acontecen situaciones de todas las índoles, contaré lo que sigue.

[…]

Comienzo del 2º capítulo

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EL ASEDIO Y LA BATALLA

 Durante los primeros tiempos de mi vida sucedieron hechos harto luctuosos en la villa de mi nacimiento, pues los infieles procuraban recuperar lo que desde la antigüedad había sido suyo, plaza importante que guardaba los caminos, y así ocurría que casi todos los años, cuando llegaba la primavera, se presentaba ante nuestras murallas un ejército abundante en hombres y máquinas de guerra que obligaba a quienes habitaban en los arrabales a refugiarse en el interior del recinto, en donde vivían mientras duraba el conflicto. Sin embargo, como el interior de las murallas contaba con importante guarnición de caballeros de armas, amén de los refuerzos que en aquellas ocasiones acudían desde los términos colindantes y aun la capital del reino, las escaramuzas pocas veces fueron a más y todo se reducía a un intercambio de golpes de mano en los que, con gran pesar por parte de quienes tan trabajosamente las cultivaban, se desvalijaban las huertas, se quemaban las cosechas, se acuchillaba a quien se sorprendía desprevenido y lejos del resguardo que prestaban las sólidas murallas, y se robaba cuanto ganado hubiera quedado disperso en los campos vecinos. Los escuchas que el gobernador apostaba en las torres y castillejos que había a lo largo del camino procuraban avisarnos con antelación de la presencia de las columnas enemigas, y nosotros conocíamos cuándo iban a producirse los ataques pues la actividad en la villa se redoblaba y patrullas de caballeros fuertemente armados, acompañados de los característicos sonidos de los hierros y los cascos de los caballos golpeando en el suelo de piedra, recorrían día y noche las calles que llevaban desde los postigos al alcázar. Eran aquellos momentos de zozobra y cuando en todas las casas se llevaba a cabo el recuento de las existencias, pues podía suceder, como solía, que el asedio durara varias semanas y los víveres comenzaran a escasear.

Mientras mi hermano y yo fuimos pequeños nuestros padres no nos permitían salir a las calles durante aquellos acontecimientos que de vez en vez tenían lugar, y pasábamos largas horas al lado de la lumbre escuchando con sobresalto el silbido de los proyectiles, el restallar de las catapultas, el tronar de los tambores y el casi siempre monótono lililí de las lejanas compañías de combatientes musulmanes y su acompañamiento de atabales, pero luego, cuando ya teníamos más años, todos colaborábamos en algunas de las tareas esenciales en tales circunstancias, y en una ocasión se recabó a gritos la ayuda de quien pudiera prestarla y, junto a mi padre, hube de formar parte de una larga fila de hombres que trasladaban calderos de agua para apagar un incendio que se había producido en una casa cercana a la nuestra. Aquel fue mi primer contacto con la guerra, y durante el tiempo que duró oí silbar cercanas las flechas que lanzaban las ballestas de los atacantes, algunas de las cuales se estrellaban en las paredes de piedra con un ruido que pronto iba a resultarme familiar.

En aquellas escaramuzas, que no otra cosa eran, pues las verdaderas batallas constituyen formidables sucesos que yo sólo iba a conocer algunos años después, todos nos poníamos a la labor, […]

Así comienza el libro

 LA CIUDAD

 Yo nací en el centro del mundo, aquel lugar único en donde se cruzaban dos importantes caminos. Las gentes transitaban apresuradas por ellos, pues los tiempos iniciales de mi infancia se caracterizaron por lo difícil, rodeados como estábamos por emboscadas partidas de malhechores que venían del sur, pero en nuestra gran ciudad amurallada todos se detenían puesto que era un lugar grande y capaz, fonda de largas caravanas de animales de carga que recorrían la frontera y lugar a propósito para abrigarse de los albures y abastecerse de lo necesario antes de reanudar el largo y peligroso viaje.

Yo vine al mundo en la ínsula del Guadiana de la que tanto se dijo, eminencia rodeada de agua por todos los lados merced a un profundo canal tallado en la roca de sus cimientos, laboriosa obra que mucho tiempo antes había sido llevada a cabo por esclavos y prisioneros, en su mayor parte cristianos, y aunque debió de ser un arduo trabajo, daba al lugar un aspecto que dejaba atónitos a quienes nos visitaban por primera vez, que nunca hubieran podido imaginar semejante ciudadela en tan áridas tierras, y si a ello sumamos la visión de la vega florecida en primavera, oasis y vergel sin par, o aun los relucientes cielos nocturnos con que nos regalaba el verano y que daban testimonio de la existencia del debatido empíreo, la ilusión era completa.

Yo, además, nací cerca de la torre del agua, el castillo ácueo o castellum aquæ, la complicadísima maquinaria que se abastecía de las aguas del río mediante norias y cangilones sin fin, algunos soportados por la misma muralla, y que vertían el necesario líquido en la acequia mayor que corría sobre la coracha, de donde iba a los depósitos de que se surtían tanto el foso como los habitantes de la ciudad cuando el caudal del río era insuficiente. Era aquella una instalación muy compleja, y había sido construida mucho tiempo antes por los musulmanes que en tiempos la habitaron, los cuales dispusieron las cosas de tal manera por motivos que seguramente tenían que ver con su protección, pues también ellos debieron defenderse de quienes ambicionaban su término, muy importante, como dije, pues era el cruce de principales caminos y lugar en donde todos los días sucedía algo nuevo, a lo que contribuía el continuo transitar de gentes, caravanas, ejércitos, rebaños y comerciantes.

[…]