Así comienza el capítulo 5º

LA PESTE

La peste, la omnipresente peste, es algo que señorea de continuo tras los oteros. En nuestra ciudad nunca se sabía por dónde había llegado, pues la presencia de tantos viajeros y reses de paso imposibilitaba cualquier averiguación, pero el hecho era que periódicamente se manifestaban calamidades que afectaban a buena parte de las personas que vivían en la ciudad y los campos colindantes. Tales epidemias se producían de manera natural, pero en ocasiones eran los almohades los que las provocaban, pues como la fortaleza se surtía del cauce del Guadiana, los atacantes de Calatrava solían envenenarlo aguas arriba con la esperanza de rendir la plaza más fácilmente, y para ello arrojaban en el río carne putrefacta, cadáveres de personas y animales y otras sustancias que causaban estragos.

Uno de aquellos años, cuando la primavera estaba avanzada, tuvimos noticias de que un importante ejército venido del norte de África se disponía a llevar a cabo una gran ofensiva que abarcaba un frente de muchas leguas, desde el reino de Portugal a las recién conquistadas tierras de Cuenca que habían sido tomadas por los soldados del reino de Aragón. Tal dijeron los espías que el abad y otros señores de la frontera tenían en tierras enemigas, quienes aseguraban que el tamaño del ejército era grande, muy grande, y estaba provisto de numerosas máquinas, lo que auguraba tiempos nuevos y belicosos tras aquellos últimos años que habían sido de relativo sosiego. Por eso, nuestra ciudad, al igual que otras muchas que estaban instaladas en las siempre cambiantes lindes del reino, se preparó para lo que sin duda iba a suceder, y contingentes de soldados venidos del norte se asentaron en un campamento que en seguida se levantó en las campas que bordeaban el río.

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Los rumores iban día a día en aumento, y algunos trajinantes que pasaron por allí huyendo de la ola sarracena nos informaron de la presencia de un ejército que avanzaba con suma lentitud, pues sus numerosos carros y maquinaria les impedían hacerlo más rápidamente, y al fin, una mañana, un nutrido grupo de caballeros, que no eran sino una de las vanguardias, se presentó ante las murallas, y durante la jornada completa reconocieron los alrededores y pretendieron incendiar todo cuanto no se había acogido al resguardo de los muros, lo que no consiguieron en su totalidad porque fuerzas de nuestro bando salieron de la ciudad y les pegaron una carrera que a buen seguro les quitó las ganas de intentarlo por segunda vez. No obstante, aunque aquella primera partida se retiró, con los días tuvimos noticias de que los pobladores de la cuenca, aguas abajo, se habían envenenado y muerto en muchos casos, lo que indicaba que las aguas del río habían sido emponzoñadas.

Yo me encontré encuadrado en un cuerpo de ballesteros que acudía a los lugares más comprometidos, pues nuestra presencia era requerida allí donde la afluencia de asaltantes era mayor, y aparte de procurar disparar las saetas con el mayor tino posible, también debíamos repeler los ataques de los que a duras penas y con ayuda de escalas conseguían encaramarse en la parte más alta de la muralla, en lo que éramos ayudados por tropas que se ocultaban tras las almenas y hacían su irrupción cuando los atacantes creían que habían abierto una brecha. Allí, entre aquellos guerreros acorazados, aprendí a manejar la espada y el escudo, pues aunque Moisés había procurado enseñarme los rudimentos de tales artes, una cosa son los juegos y ensayos que pueden llevarse a cabo en un corral, y otra las cruentas peleas en las que, sin esperarlo, puedes encontrarte repentinamente envuelto. A mi lado solían estar Sancho y otros chicos, pero por nuestra corta edad nos mantenían en segunda línea y protegidos por grupos de corpulentos soldados, y tan sólo en alguna ocasión apurada tuvimos que tomar parte en una lid de verdad, por lo que salimos bien librados y muy orgullosos de nuestro papel, y no debería reseñar ninguna desgracia irreparable.

Era la guerra una ingente y agotadora labor aunque no estuvieras de cara al enemigo, pues continuamente teníamos que ayudar a los combatientes aportando todo lo que necesitaban, como era trasladar heridos, apagar incendios y ayudar en la mil y mil tareas que en tales casos se requieren, pero, amén de ello, durante el sitio que soportamos sucedieron múltiples episodios, y para que se advierta que en un escenario como el que describo acontecen situaciones de todas las índoles, contaré lo que sigue.

[…]

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