Ejemplo del texto de Dios conmigo

Hoy tocaría colocar aquí el principio del capítulo sexto, el que se llama Alaroza y el largo invierno, que es una parte muy bonita pues describe la historia de amor que el protagonista mantiene con una chica que, una tarde, encontró junto al río…, pero voy a dar un salto y dejar este episodio para la próxima ocasión. En vez de ello pongo un trozo del libro que se sitúa cerca del final, cuando ya es mayor…


 

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Los años habían pasado, y de la noche a la mañana caí en la cuenta de que, casi sin advertirlo, había sobrepasado la cincuentena, e incluso alguno más cargaba sobre mis espaldas, y aunque nunca imaginé alcanzar edad tan avanzada, se ve que Dios me había tenido en cuenta en sus dictámenes y aún disponía de mí para algunas labores, pues fue entonces cuando hice mis últimas excursiones al mundo.

En el taller tenía a un tal Pere, venido de tierras aragonesas, que junto a las habilidades literarias, pues no era parco en insospechados decires, unía las escultóricas. Era un hombretón contrahecho que no llegaría a la treintena y mucho nos hizo disfrutar con su compañía, pues además de serio y honrado trabajador de la piedra, lo que yo apreciaba sobre todas las cosas, dio ingeniosa forma a ciertos escritos que Leonor había redactado en el curso de sus estudios y, habida cuenta de sus cualidades, le presentó pidiéndole opinión. Era, quizás, un ángel caído del cielo sobre el tejado de nuestro caserón, un inusual ángel enmascarado que tenía puestas las miras fuera de los hábitos cotidianos, pues, entre otras peregrinas sentencias, consideraba que sus deformidades le imposibilitaban para conseguir mujer, asunto al que se refería con chanzas, y como no atendió a mis razones cuando le dije que intentara buscar pareja entre las criadas de nuestra casa, pues seguramente alguna estaría gustosa en recibirle, una tarde me condujo a una venta escondida, un lugar oculto en un arrabal junto al río y en el que, por lo visto, se podían conseguir mujeres.

–¿Moras?

Pere me miró suspenso.

–¿Cómo moras?

–Moras de la morería –y él se rió.

–Por supuesto; y judías.

–¿Judías…?

–Sí, y cristianas.

Pere y yo llegamos a la venta y dije,

–No tengo una sola moneda.

–Poco importa, que lo que aquí trae a Su Excelencia no es de este mundo. Abra los ojos y espéreme junto a esta jarra de vino.

El vino estaba terriblemente agrio, de acuerdo con la costumbre, y como no me agradaba pedí al posadero una taza de caldo. Unos parroquianos, que con las manos comían tortas manchadas de salsa, me miraron sorprendidos, aunque continuaron con su tarea. Yo me arrimé a una mesa, me senté en un banco quejumbroso y me bebí el turbio líquido lentamente, intentando desentrañar la razón de mi estancia en aquel lugar, y como Pere, fuera lo que fuese que estaba haciendo, no aparecía, me distraje viendo a las cucarachas correr por encima de la mesa.

Semejante excursión por el mundo no finalizó la tarde que digo, pues mi compañero, satisfecho tras la fechoría y con los ojos inusualmente brillantes, insistió en prolongar el envite en otros establecimientos de tan malquista parte de la ciudad. Acudimos a un mesón vecino, un sótano lleno de arrieros en el que el ambiente era ruidoso y el humo de las teas entorpecía la vista y el resuello. Todos nos observaron con prevención y se apartaron para dejarnos pasar, pues nuestro aspecto aconsejaba no interponerse, y una vez asentados en un rincón, rodeados por los gritos de los presentes y las desacordes eufonías de una música de rabeles y panderetas que no merecía tal nombre, nos interesamos cerca del mesonero por el mejor vino másico que tuviera en su bodega. No era fácil acertar en aquellos sitios, pero una vez acordado el negocio dije,

–Aquí pago yo, maestro Pedro, y me sentiré muy honrado si acepta fiarme parte de sus haberes, que le devolveré íntegros, e incluso aumentados, el día que retornemos a nuestra casa –pero él no se avino a tamaño desafuero, según señaló, sino que antes bien dijo que lo suyo era mío, y que una vez cumplida la parte más importante del trámite, que habíamos llevado a cabo con anterioridad, lo demás no importaba mucho.

Los vapores del vino cumplieron en seguida su función, y sintiéndome libre y forastero en aquel establecimiento que jamás hubiera encontrado por mis propios medios, influido sin duda por cuanto me rodeaba comencé a divagar sobre lo primero que a mi cabeza llegó.

–Una vez entré en un palacio que simulaba ser de cristal. En las paredes de los salones podían verse coloristas escenas que representaban pulimentados y cubiertos carros cuyas ruedas eran de rugosa nafta, y luego visité lo que parecía una cocina propia del paraíso de las huríes… Recuerdo aquel hogar que vi, cubierto por una torre de piedras que encauzaba los humos hasta el tejado, y también la estancia que lo contenía, blanca habitación revestida de brillantes paneles que podían abrirse y cerrarse y de los que nunca supe la utilidad. Allí fue donde Alaroza, extrañamente ataviada, concibió al modo antiguo una sopa de aceite, pan y ajos, y donde, entre otras maravillas, vi un gallo desplumado sobre una fuente de vidrio… Como dijo uno de los grandes hombres que nos precedieron, quizás a algún mortal le esté permitido subir a las regiones de los dioses celestes, pero ante mí sólo se abrió la muy espaciosa puerta del cielo, y durante algunos instantes pude contemplar lo que la mayor parte de las personas que nos rodean, obsérvelas usted, tienen vedado durante su existencia entera.

En sus ojos conocí que tomaba mis palabras por desvarío, y como no deseaba indisponer a mi amable anfitrión, desvié la conversación hacia cuestiones de cierta actualidad, que no faltaban, pues eran aquellos los revueltos días en que nuestro reino se unió al de León en la figura del rey Fernando, y tan debatido asunto estaba en todas las bocas.

Luego, tras haber dado cuenta de las jarras que nos sirvió el posadero, salimos tambaleantes al arroyo y contemplamos los cielos, y cuando en silencio llevábamos un rato paseando entre las oscuras casuchas que delimitaban las calles, añadí,

–Aquí tiene, aunque le cueste creerlo, al magíster pópuli a quien en su juventud llovieron del cielo candentes piedras de esa nafta que a usted se le antoja fabulosa. La hierba se calcinaba ante nosotros, y cuantos allí pugnábamos nos veíamos obligados a retroceder. También podría hablar del fuego griego que incendiaba los barcos en el mar, y del polvo negro y otras quimeras de tiempos pasados, pero prefiero referirme a asuntos presentes… ¿Ha oído usted hablar de los campaniles? Son complicados ingenios que se instalan en las torres de las iglesias de los remotos países del este, y con sus regulares sones disponen la vida ciudadana. Algún día, créame, también los tendremos aquí, y las trompas que anuncian las completas ya no serán necesarias, pues ellos, con sus bronces… Pero ahora que lo pienso –y contemplé los desiertos alrededores–, nos encontramos extramuros y no es preciso tener en cuenta esas cuestiones que sólo afectan a los hombres de bien, los hombres del burgo. ¿Quiere usted que visitemos algún otro lugar de este umbroso barrio? Me estoy divirtiendo. La tarde ha caído, pero los cielos primaverales que nos acompañan transportan en su sustancia la fuerza del céfiro, como señalaron los antiguos que sucedía con los corceles nacidos en las llanuras de la vieja península ibérica…

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Así comienza el capítulo 5º

LA PESTE

La peste, la omnipresente peste, es algo que señorea de continuo tras los oteros. En nuestra ciudad nunca se sabía por dónde había llegado, pues la presencia de tantos viajeros y reses de paso imposibilitaba cualquier averiguación, pero el hecho era que periódicamente se manifestaban calamidades que afectaban a buena parte de las personas que vivían en la ciudad y los campos colindantes. Tales epidemias se producían de manera natural, pero en ocasiones eran los almohades los que las provocaban, pues como la fortaleza se surtía del cauce del Guadiana, los atacantes de Calatrava solían envenenarlo aguas arriba con la esperanza de rendir la plaza más fácilmente, y para ello arrojaban en el río carne putrefacta, cadáveres de personas y animales y otras sustancias que causaban estragos.

Uno de aquellos años, cuando la primavera estaba avanzada, tuvimos noticias de que un importante ejército venido del norte de África se disponía a llevar a cabo una gran ofensiva que abarcaba un frente de muchas leguas, desde el reino de Portugal a las recién conquistadas tierras de Cuenca que habían sido tomadas por los soldados del reino de Aragón. Tal dijeron los espías que el abad y otros señores de la frontera tenían en tierras enemigas, quienes aseguraban que el tamaño del ejército era grande, muy grande, y estaba provisto de numerosas máquinas, lo que auguraba tiempos nuevos y belicosos tras aquellos últimos años que habían sido de relativo sosiego. Por eso, nuestra ciudad, al igual que otras muchas que estaban instaladas en las siempre cambiantes lindes del reino, se preparó para lo que sin duda iba a suceder, y contingentes de soldados venidos del norte se asentaron en un campamento que en seguida se levantó en las campas que bordeaban el río.

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Los rumores iban día a día en aumento, y algunos trajinantes que pasaron por allí huyendo de la ola sarracena nos informaron de la presencia de un ejército que avanzaba con suma lentitud, pues sus numerosos carros y maquinaria les impedían hacerlo más rápidamente, y al fin, una mañana, un nutrido grupo de caballeros, que no eran sino una de las vanguardias, se presentó ante las murallas, y durante la jornada completa reconocieron los alrededores y pretendieron incendiar todo cuanto no se había acogido al resguardo de los muros, lo que no consiguieron en su totalidad porque fuerzas de nuestro bando salieron de la ciudad y les pegaron una carrera que a buen seguro les quitó las ganas de intentarlo por segunda vez. No obstante, aunque aquella primera partida se retiró, con los días tuvimos noticias de que los pobladores de la cuenca, aguas abajo, se habían envenenado y muerto en muchos casos, lo que indicaba que las aguas del río habían sido emponzoñadas.

Yo me encontré encuadrado en un cuerpo de ballesteros que acudía a los lugares más comprometidos, pues nuestra presencia era requerida allí donde la afluencia de asaltantes era mayor, y aparte de procurar disparar las saetas con el mayor tino posible, también debíamos repeler los ataques de los que a duras penas y con ayuda de escalas conseguían encaramarse en la parte más alta de la muralla, en lo que éramos ayudados por tropas que se ocultaban tras las almenas y hacían su irrupción cuando los atacantes creían que habían abierto una brecha. Allí, entre aquellos guerreros acorazados, aprendí a manejar la espada y el escudo, pues aunque Moisés había procurado enseñarme los rudimentos de tales artes, una cosa son los juegos y ensayos que pueden llevarse a cabo en un corral, y otra las cruentas peleas en las que, sin esperarlo, puedes encontrarte repentinamente envuelto. A mi lado solían estar Sancho y otros chicos, pero por nuestra corta edad nos mantenían en segunda línea y protegidos por grupos de corpulentos soldados, y tan sólo en alguna ocasión apurada tuvimos que tomar parte en una lid de verdad, por lo que salimos bien librados y muy orgullosos de nuestro papel, y no debería reseñar ninguna desgracia irreparable.

Era la guerra una ingente y agotadora labor aunque no estuvieras de cara al enemigo, pues continuamente teníamos que ayudar a los combatientes aportando todo lo que necesitaban, como era trasladar heridos, apagar incendios y ayudar en la mil y mil tareas que en tales casos se requieren, pero, amén de ello, durante el sitio que soportamos sucedieron múltiples episodios, y para que se advierta que en un escenario como el que describo acontecen situaciones de todas las índoles, contaré lo que sigue.

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