Primeros párrafos del capítulo tercero

calatrava 4,5,3 copiar

 LA FRONTERA

Yo fui acogido por un herrero que había venido de las comarcas del norte, tierra de leoneses y otros seres de leyenda sobre los que Ermentrude me había dado noticias, y al que ya conocía porque había sido amigo de mi padre y habitaba en una casa vecina a la nuestra, y mi hermano encontró acomodo dentro de las paredes del alcázar, pues uno de los caballeros que entre ellas vivían le tomó a su servicio.

El herrero, que tenía una amplia familia que aumentaba todos los años, niños y niñas menores que yo que en seguida me adoptaron como hermano mayor y con los que hice inmejorables migas, no me llamaba niño o doncel sino menino, que quiere decir niño en el idioma de su tierra, porque aquel hombre, a quien Dios acogió hace largo tiempo en su seno, era oriundo, como dije, de los reinos que existen a poniente de la tierra fronteriza que habitábamos, el lugar de los antiguos suevos de los que hablan las crónicas que mucho después tuve oportunidad de ver en una de las capitales de nuestro reino, la gran ciudad de Toledo. El término sobredicho, menino, tenía además y en aquellos entonces un gran significado para mí, pues mi padre adoptivo, un día y con enorme sigilo me explicó que era un título importante y poco menos que inmediatamente anterior al de caballero…, bienintencionada patraña que fue muy de mi agrado, pues en mis fantasías ya me veía vistiendo la túnica blanca de tan importantes personajes.

Él herrero que me adoptó se llamaba Rubén y me enseñó mi segundo oficio, que era el suyo, oficio importante, puesto que de él dependen buena parte de las actividades que conforman nuestra vida diaria, como son la guerra y la agricultura, y por eso, pasados los años y cuando ya me había establecido, tuve siempre buen cuidado de contar con los mejores artífices de tal disciplina, cuya importancia conocía.

En la vecindad vivía un molinero con familia muy numerosa que también había sido amigo de mi padre, pues todos ellos vivían en el mismo barrio. Se llamaba Josephus y por encomienda tenía asignado uno de los molinos que aguas arriba del río se asentaban, y aparte de tener amplia familia gustaba de visitas y entrevistas y de la gente que de vez en vez merodeaba por nuestros contornos, habiendo siempre en su boca palabras de consuelo para desfavorecidos caminantes sin rumbo y los escasos orates que por aquellos apartados pagos transitaban de norte a sur, tierras difíciles para los de su profesión, pues los musulmanes no son particularmente adictos a quienes predican doctrinas diferentes a la suya. Josephus, no obstante, había sido un campeón de la conquista y su brazo era de hierro, por más que su temperamento fuera dulce y delicado como flor de harina, ¡quién lo diría!, y sus manifestaciones, afables y amistosas hasta el extremo. El molinero, por si lo anterior no le definiera con suficiencia, tenía un libro en su casa, un libro de cubiertas duras y hojas aún más duras, pues se resistían a dejarse pasar, que hizo mis delicias, pues desde mis tiempos con Ermentrude apreciaba aquellos objetos, pero como él no sabía leer, ni ninguno de los que su casa albergaba, era yo quien de vez en cuando, cuando me llamaban, me acercaba hasta su puerta y, bajo la atenta mirada de cuantos nos rodeaban, leía en voz alta pasajes de las leyendas que narraba el durísimo tomo. Aquel libro era un voluminoso ejemplar del libro por antonomasia, es decir, la Biblia, y en él, escogiendo páginas al azar, me tropecé con algunas de las cuestiones que con el tiempo habían de ser iluminación de mi vida entera, como aquel vanidad de vanidades, todo es vanidad…, que tanto había de cantar, por más que yo entonces no lo entendiera y lo recitara como uno de esos necios pájaros de brillantes colores que los ricos musulmanes de las haciendas del sur se complacen en mantener en sus casas para solaz de los serrallos. El molinero, además, comentaba lo que oía y hacía toda clase de consideraciones morales al respecto, glosas que despertaban la admiración en un auditorio rodeado de animales –pues los chones y los perros entraban y salían como Pedro por su casa–, compuesto de campesinos y soldados, amén de las ocasionales gentes de paso que visitaban nuestra ciudad.

Con anterioridad había cabalgado las mulas que en el taller de mi padre se utilizaban para mover los enormes bloques de piedra con los que se trabajaba, por lo que tal asunto no me resultó nuevo por completo, y también los asnos que sobre enormes seras transportaban el grano de la era a los almacenes y las espuertas llenas de olivas que se traían del campo, pero los caballos eran animales muy caros y apreciados, y sus dueños, en especial los soldados, tenían buen cuidado de mantenerlos siempre a buen recaudo y lejos de las codiciosas miradas con que se los contemplaba. El herrero, sin embargo, tenía varios magníficos ejemplares,

[…]

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