Comienzo del 2º capítulo

calatrava 4

EL ASEDIO Y LA BATALLA

 Durante los primeros tiempos de mi vida sucedieron hechos harto luctuosos en la villa de mi nacimiento, pues los infieles procuraban recuperar lo que desde la antigüedad había sido suyo, plaza importante que guardaba los caminos, y así ocurría que casi todos los años, cuando llegaba la primavera, se presentaba ante nuestras murallas un ejército abundante en hombres y máquinas de guerra que obligaba a quienes habitaban en los arrabales a refugiarse en el interior del recinto, en donde vivían mientras duraba el conflicto. Sin embargo, como el interior de las murallas contaba con importante guarnición de caballeros de armas, amén de los refuerzos que en aquellas ocasiones acudían desde los términos colindantes y aun la capital del reino, las escaramuzas pocas veces fueron a más y todo se reducía a un intercambio de golpes de mano en los que, con gran pesar por parte de quienes tan trabajosamente las cultivaban, se desvalijaban las huertas, se quemaban las cosechas, se acuchillaba a quien se sorprendía desprevenido y lejos del resguardo que prestaban las sólidas murallas, y se robaba cuanto ganado hubiera quedado disperso en los campos vecinos. Los escuchas que el gobernador apostaba en las torres y castillejos que había a lo largo del camino procuraban avisarnos con antelación de la presencia de las columnas enemigas, y nosotros conocíamos cuándo iban a producirse los ataques pues la actividad en la villa se redoblaba y patrullas de caballeros fuertemente armados, acompañados de los característicos sonidos de los hierros y los cascos de los caballos golpeando en el suelo de piedra, recorrían día y noche las calles que llevaban desde los postigos al alcázar. Eran aquellos momentos de zozobra y cuando en todas las casas se llevaba a cabo el recuento de las existencias, pues podía suceder, como solía, que el asedio durara varias semanas y los víveres comenzaran a escasear.

Mientras mi hermano y yo fuimos pequeños nuestros padres no nos permitían salir a las calles durante aquellos acontecimientos que de vez en vez tenían lugar, y pasábamos largas horas al lado de la lumbre escuchando con sobresalto el silbido de los proyectiles, el restallar de las catapultas, el tronar de los tambores y el casi siempre monótono lililí de las lejanas compañías de combatientes musulmanes y su acompañamiento de atabales, pero luego, cuando ya teníamos más años, todos colaborábamos en algunas de las tareas esenciales en tales circunstancias, y en una ocasión se recabó a gritos la ayuda de quien pudiera prestarla y, junto a mi padre, hube de formar parte de una larga fila de hombres que trasladaban calderos de agua para apagar un incendio que se había producido en una casa cercana a la nuestra. Aquel fue mi primer contacto con la guerra, y durante el tiempo que duró oí silbar cercanas las flechas que lanzaban las ballestas de los atacantes, algunas de las cuales se estrellaban en las paredes de piedra con un ruido que pronto iba a resultarme familiar.

En aquellas escaramuzas, que no otra cosa eran, pues las verdaderas batallas constituyen formidables sucesos que yo sólo iba a conocer algunos años después, todos nos poníamos a la labor, […]

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Así comienza el libro

 LA CIUDAD

 Yo nací en el centro del mundo, aquel lugar único en donde se cruzaban dos importantes caminos. Las gentes transitaban apresuradas por ellos, pues los tiempos iniciales de mi infancia se caracterizaron por lo difícil, rodeados como estábamos por emboscadas partidas de malhechores que venían del sur, pero en nuestra gran ciudad amurallada todos se detenían puesto que era un lugar grande y capaz, fonda de largas caravanas de animales de carga que recorrían la frontera y lugar a propósito para abrigarse de los albures y abastecerse de lo necesario antes de reanudar el largo y peligroso viaje.

Yo vine al mundo en la ínsula del Guadiana de la que tanto se dijo, eminencia rodeada de agua por todos los lados merced a un profundo canal tallado en la roca de sus cimientos, laboriosa obra que mucho tiempo antes había sido llevada a cabo por esclavos y prisioneros, en su mayor parte cristianos, y aunque debió de ser un arduo trabajo, daba al lugar un aspecto que dejaba atónitos a quienes nos visitaban por primera vez, que nunca hubieran podido imaginar semejante ciudadela en tan áridas tierras, y si a ello sumamos la visión de la vega florecida en primavera, oasis y vergel sin par, o aun los relucientes cielos nocturnos con que nos regalaba el verano y que daban testimonio de la existencia del debatido empíreo, la ilusión era completa.

Yo, además, nací cerca de la torre del agua, el castillo ácueo o castellum aquæ, la complicadísima maquinaria que se abastecía de las aguas del río mediante norias y cangilones sin fin, algunos soportados por la misma muralla, y que vertían el necesario líquido en la acequia mayor que corría sobre la coracha, de donde iba a los depósitos de que se surtían tanto el foso como los habitantes de la ciudad cuando el caudal del río era insuficiente. Era aquella una instalación muy compleja, y había sido construida mucho tiempo antes por los musulmanes que en tiempos la habitaron, los cuales dispusieron las cosas de tal manera por motivos que seguramente tenían que ver con su protección, pues también ellos debieron defenderse de quienes ambicionaban su término, muy importante, como dije, pues era el cruce de principales caminos y lugar en donde todos los días sucedía algo nuevo, a lo que contribuía el continuo transitar de gentes, caravanas, ejércitos, rebaños y comerciantes.

[…]

Prólogo

En este libro no hay prólogo. Lo que hay es una advertencia que viene a cuento, si bien se piensa. Es esta:

AVISO

Si esta crónica fuese auténtica, no hubiera sido escrita en castellano actual, el propio de los siglos que siguen al XVIII, sino en un intrincado y oscuro lenguaje –romance descendiente del latín y entreverado con abundantes términos del árabe, del bereber y del visigótico– que no reconoceríamos.

Puesto que en aquellos entonces (los siglos XII y XIII) no se escribía de semejante manera, y los escasísimos documentos que nos han llegado se distinguen por el laconismo, la sequedad descriptiva y la nula deferencia con la lírica, es preciso decir que el tono general de la narración, impropio de la época que dibuja, es una pura fantasía que únicamente pretende dar colorido a un relato que será leído muy lejos de sus circunstancias. Hay que considerar las presentes páginas, por tanto, como una en demasía libre y harto retórica traducción adaptada a nuestro tiempo.


Quien tenga oídos para oír, que oiga, y quien quiera entender, que entienda.